Petrarca, el padre del humanismo

Naty Sánchez


Tras las grandes obras que tanto nos fascinan del Renacimiento, se encuentra la huella indeleble de sus filósofos, aquellos hombres que fueron capaces de imaginar un mundo mucho más bello, más noble y más justo que el de la oscura noche medieval en la que despertaron. La historia les reconoce con el nombre de «humanistas», paladines de una filosofía profunda y vital que parte del conocimiento de uno mismo para conocer la Naturaleza. Toda investigación seria sobre sus primeras manifestaciones nos conduce hacia una figura excepcional, cuya vida y obra trazaron las líneas maestras de un tiempo nuevo.

 

Dos años antes del nacimiento de Francesco Petrarca, su padre, oriundo de Florencia, se vio conducido al exilio. Por este motivo, el gran «florentino» nació en realidad en Arezzo el 20 de julio de 1304. Por aquel entonces la corte papal se había asentado en Aviñón y allí se dirigió la familia unos años después, para beneficiarse de la bulliciosa actividad de este ambiente. Allí Petrarca recibió su primera instrucción de Convonevole da Prato, quien fue testigo de la inusual afición de este niño de diez años que se deleitaba escuchando las suaves palabras del latín clásico de Cicerón. También él era toscano, y entre las lecciones de gramática incluía además el estudio de su lengua natal, por la que el joven pupilo habría de hacer tanto en su madurez.

No es pues de extrañar que cuando su padre le envió en 1316 a estudiar leyes a Bolonia, participara de las inquietudes poéticas de los círculos estudiantiles, comenzando él mismo a escribir sus primeros versos. Pero no es al poeta al que hoy queremos dedicar estas páginas, sino al filósofo, pues él fue el primero que reivindicó este título para sí mismo cuando decidió posponer sus grandes obras literarias en aras de la expansión de su ideal filosófico.

Así pues, para comprender a este hombre que vivió a lo largo de casi todo el siglo XIV (1304-1374) nos adentraremos en su obra y hechos a través de los elementos que considero fueron la semilla del humanismo y que alcanzarían su plenitud después de un siglo en la escuela neoplatónica de Florencia. Tales puntos son: la búsqueda incansable de clásicos greco-latinos, su estudio y difusión; la depuración filológica del latín; el renacimiento de la poesía y las artes literarias; el intento de conciliar paganismo y cristianismo, y por último, pero no menos importantes, la reivindicación de Platón frente a Aristóteles y la idea de que la Filosofía está al servicio del ser humano para enseñarle el «arte de vivir».

 

En 1325 realizará, a instancias de su padre, su primera gran proeza humanística: reunir en un sólo códice las obras de Virgilio, incluyendo un famoso comentario de Servio. Con este manuscrito, que hoy se conserva en la Biblioteca Ambrosiana de Milán, las voces de la Antigüedad comienzan a resonar de nuevo en Italia, pues ¿no fue acaso el autor de La Eneida el mayor poeta de Roma? Poco antes, Dante lo había adoptado como guía de viaje para la Divina Comedia y ahora asumía el mismo papel para un hombre que trataba de devolver al presente la grandeza del pasado. Un año después, fallecido su padre, Petrarca abandona sus estudios de derecho y comienza una vida apasionante, una gran búsqueda en el espacio y en el tiempo.

 

Para conocer la historia es inevitable acudir a sus textos y obras. Petrarca lo entendía así, y por eso dedicó gran parte de su tiempo y de su fortuna a rescatar de los viejos monasterios y bibliotecas el mayor número posible de manuscritos antiguos. Gran parte de los clásicos que hoy presiden las más humildes bibliotecas de un ciudadano corriente, fueron recuperados en los dos siglos que duró el Renacimiento. En aquel entonces, cada una de estas obras era una joya preciosa de inapreciable valor. Petrarca en persona reunió un gran número, difícil de precisar, entre los que destacarían las obras de Cicerón, Virgilio, Tito Livio, Pomponio Mela, e incluso, aunque muy parcialmente, Platón. Bibliotecas antiquísimas como la Capitular de Verona o las de Lieja, Chartres y Aviñón, le fueron proporcionando textos perdidos como En defensa del poeta Archia y Cartas a Atico, ambas de Cicerón, cuya importancia veremos más adelante.

 

La misma labor que hiciera con Virgilio la emprendió tiempo después con Tito Livio, el gran cronista romano que había consignado en una sola obra la historia de Roma más amplia conocida hasta su época. Petrarca reunirá las décadas dispersas en fragmentos, compilándolas en un solo manuscrito que, por su excelencia, sería consultado durante varios siglos por filólogos de la talla de Lorenzo Valla. Así, contando apenas treinta años, Petrarca poseía ya una de las bibliotecas privadas más excepcionales de Italia, en la que destacaron como autores predilectos Séneca (su «querido maestro de moral»), Cicerón (quien le instruyó en el arte de la elocuencia y en el cultivo de los studia humanitatis) y también Platón, su guía en la filosofía.

 

Esto fue posible, en gran medida, gracias a la pasión que Petrarca sentía por el latín. Y es que la lengua de Roma era para él mucho más que un conjunto de leyes gramaticales y conjunciones verbales. En su estudio se hallaba la primera puerta para acceder al conocimiento de los clásicos. Para hacer realidad la reivindicación de los studia humanitatis como fundamento de la educación, era imprescindible liberar al latín de los añadidos y recortes de mil años de tosca utilización. En efecto, Petrarca criticará duramente la escolástica por haber desprovisto al conocimiento de la riqueza literaria que hace agradable su estudio. El tecnicismo del lenguaje de los escolásticos, que no dudaban en calificar la poesía como «la más ínfima entre todas las disciplinas», había desviado el latín clásico hacia una jerga sólo conocida por los universitarios; para Petrarca, estos ni siquiera respetaban la elocuencia de aquel Aristóteles al que idolatraban. Por otra parte, el estudio del latín concedía la excusa más «desconflictuada» para justificar la búsqueda de manuscritos, su estudio y difusión, pues ¿qué mejor manera para aprender buen latín que leer a sus autores más eminentes y depurar los textos de sus agregados medievales? Así fue como Petrarca hizo de la filología un arma de doble filo, gracias a la cual se recuperaban las artes literarias y se profundizaba en el estudio de los clásicos: «Las bocas de los hombres callarían / si faltara el espíritu de Aonia; / sería la virtud desconocida, / por mucho que brillara ella de suyo; / todo afán de saber dormitaría, / de no fundamentarse en el latín, / que es la sede de las artes nobilísimas, / os muestra otras edades desde lejos / y extenderá al futuro nuestros días». (Epístolas, II, x, 199-205)

 

Aunque amaba el latín, jamás menospreció las lenguas vernáculas, todo lo contrario. A lo largo de su vida fue componiendo maravillosos poemas líricos -inspirados por su célebre y misteriosa musa, Laura- que se reunieron en El Cancionero. Huelga decir que Francesco Petrarca no sería un poeta cualquiera. Sus composiciones supusieron una revolución literaria en Italia, hasta el punto de que a su autor, además de reconocérsele la paternidad del Humanismo, se le otorga también la de la lírica moderna. Como se ha mencionado, Cicerón tendrá una influencia decisiva en el célebre toscano. Su Defensa del poeta Archia, que no es sino un elogio de la poesía, dio a Petrarca los argumentos necesarios para reivindicar la importancia de la retórica y la literatura en la educación, no sólo en aquello que se aprende, sino sobre todo en cómo se enseña. El concepto de studia humanitatis proviene precisamente del gran orador romano; hace referencia a aquellas artes liberales que instruyen al ciudadano cultivando sus pensamientos, ennobleciendo sus sentimientos y sublimando sus modales y comportamiento. A lo largo del siglo siguiente este ideal educativo irá tomando forma y penetrando hasta el corazón mismo de la sociedad, permitiendo a Italia y después a Europa salir del embrutecimiento en que se hallaba.

 

La poesía ocupará un lugar preponderante en todo esto, pues tiene la virtud de hacer accesible lo complejo, de hacer deseable lo difícil, de despertar en el alma lo que yace dormido. Petrarca defendería tales postulados con el ejemplo, y su prolífica obra poética descubre tras la metáfora no sólo las delicias del amor que desbordan en su Cancionero, sino también su pasión por la Antigüedad, sus desvelos filosóficos, sus anhelos místicos. A través del verso, Petrarca condujo a toda una sociedad hacia la comprensión de que la historia no empezó con la venida de Cristo, sino que hubo una época de esplendor brillante donde el ser humano conoció otro grado de dignidad y conocimiento: «Que hubo, y a lo mejor volverá todavía, una edad más dichosa. Lo de en medio es basura».

 

Él fue el primero en declarar abiertamente que los mil años precedentes a su nacimiento no eran sino una «edad oscura», que con suma discreción achaca exclusivamente al embate de los galos, sin hacer referencia al fanatismo religioso, y es que no en vano era solicitado por todas las cortes italianas, incluso el papado, por sus virtudes diplomáticas. Petrarca tuvo así la suma prudencia -gracias a la cual existió el humanismo- de no enfrentar al mundo antiguo con el cristianismo; al contrario, afirmó en incontables ocasiones que la lectura de los clásicos no hacía sino mejorar al lector cristiano, pues los latinos habían sabido elogiar la virtud de tal manera que, al leer sus textos, uno no podía menos que desear ser virtuoso. Si Petrarca no hubiera tenido esta capacidad de armonizar el pasado con su realidad presente, el humanismo habría muerto antes de nacer, pues la susceptibilidad hacia todo lo que fuera pagano no se había minimizado con el paso de los siglos. Durante todo el Renacimiento, los filósofos posteriores al gran toscano trataron de mantener esta frágil armonía, alcanzando no pocos logros en distintos campos -¿cómo, si no, habría podido Boticcelli pintar La Primavera o El Nacimiento de Venus, o cantar Poliziano el mito de Orfeo?-; pero este equilibrio, finalmente, habría de romperse abruptamente, cuando Lutero trató de aprovechar el clima tolerante generado por los humanistas para hacer sus protestas, despertando las iras furiosas del clero y abortando así el Renacimiento antes de que llegara a su plenitud. La hostilidad de la Contrarreforma, que condujo a Giordano Bruno a la hoguera, no logró otra cosa que el divorcio definitivo entre ciencia y religión.

 

Escultura homenaje a Petrarca en Florencia 

 

 

 

La poesía tiene la virtud de hacer accesible lo complejo, de hacer deseable lo difícil y de despertar en el alma lo que está dormido.


   Para finalizar este acercamiento a la figura de Petrarca, nos queda hablar de la que tal vez fue una de las mayores aportaciones del humanista a la vieja Europa, un regalo de incalculable valor para todo aquel que se precie de ser llamado filósofo: la reivindicación de Platón. Así es, el ciego favoritismo que la escolástica dio a Aristóteles, había mantenido alejada de Europa la obra del sabio ateniense. Los pocos diálogos que podían leerse en latín eran difíciles de encontrar y más aún de enseñar o transmitir. Petrarca se apoyó en un bastión del cristianismo, San Agustín, para proclamar la cerrazón de los escolásticos por sus estudios científicos y lógicos de hueros silogismos, frente a la elocuencia sencilla, razonable y pedagógica de los estudios platónicos. Y no es que Petrarca despreciara a Aristóteles, ni mucho menos, tenemos firme constancia de que estudió a fondo su obra; pero lo que él pone de manifiesto es que los aristotélicos se quedan a ras de lo insignificante, mientras dan de lado lo realmente importante. Así lo expresa él en su carta De la ignorancia del autor y la de muchos otros cuando dice: «Dime ¿de qué nos sirve conocer la naturaleza de fieras, aves, peces y serpientes e ignorar o menospreciar, en cambio, la naturaleza del hombre, sin preguntarnos para qué hemos nacido ni de dónde venimos ni a dónde vamos?». Para Petrarca, Aristóteles es excelente en las cosas de la tierra, las cosas mundanas de todos los días, pero cuando entra en el ámbito de lo trascendente, de las verdaderas preguntas que el ser humano se hace ante la contemplación de ese maravilloso milagro de la vida, el discípulo no llegó ni a la décima parte que su maestro: «Platón, el príncipe de la filosofía. ¿Y quién - me dirán- ha concedido este título a Platón? No fui yo -respondo- sino la Verdad, porque pudo verla y supo acercarse a ella más que cualquier otro (...) ¿Y quién le negaría esta preeminencia, a no ser la tribu frenética y ruidosa de los escolásticos? (...) Platón es admirado por una minoría selecta y Aristóteles por una masa numerosa». Pero en su época, como decíamos, las obras de Platón no estaban al alcance de la mano. En el texto que venimos comentando, Petrarca nos dice que él llegó a poseer 16 títulos en su biblioteca, y que comenzó sus lecciones de griego de la mano de un misterioso personaje llamado Barlaam el Calabrés, venido de Constantinopla en misión diplomática. Pero la prematura muerte de su maestro interrumpió sus estudios y nunca llegó a dominar la lengua helénica. Serán sus herederos florentinos -y más que nadie Marsilio Ficino- los que lleven a término de forma definitiva y contundente este sueño de Petrarca, que, cuando menos, nos legó el haber abierto el camino.

 

Este impulso será continuado por aquél que se convirtió en su discípulo más famoso, Giovanni Boccaccio, que desde Florencia mantenía una comunicación continua con Petrarca. A él se deben los primeros intentos de establecer en Florencia una cátedra de griego, entre otros muchos logros.


   Este impulso será continuado por aquél que se convirtió en su discípulo más famoso, Giovanni Boccaccio, que desde Florencia mantenía una comunicación continua con Petrarca. A él se deben los primeros intentos de establecer en Florencia una cátedra de griego, entre otros muchos logros. Su labor sería continuada por Coluccio Salutati, que aportaría al humanismo su dimensión cívica. A su vez, discípulo de Salutati fue Leonardo Bruni, quien logró que Manuel Crisolaras, oriundo de Constantinopla, fraguara por fin la tan anhelada enseñanza del griego. Bruni llegó a traducir La República de Platón y estuvo presente en Florencia en el tan celebrado Concilio entre las iglesias de Oriente y Occidente, al que acudiría Gemisto Pletón con las obras completas del filósofo ateniense y otros textos neoplatónicos. Fallecido Bruni, le tocó a Marsilio Ficino el honor de traducir todos estos manuscritos.

 

   Como vemos, la labor de Petrarca trascendió notablemente su propia vida. Esta cadena ininterrumpida que nos lleva de maestro a discípulo hasta la Florencia de los Médicis, nos muestra la trascendencia de la labor del toscano. Erudito, poeta, filólogo, historiador, literato... fue todas estas cosas, es cierto, pero si hubo un título que realmente quiso reivindicar para su persona, una palabra que lo definiese y por la que ser recordado, es el de filósofo. Y no porque consignara una nueva doctrina o corriente de pensamiento, no porque hubiera inaugurado un cambio de mentalidades, no porque hubiera leído y estudiado a los grandes sabios paganos y cristianos... No, Petrarca se sentía filósofo porque entendía la filosofía como un arte de vivir -según él mismo la define-, una praxis vital que invade cada momento del día, cada reflexión, cada forma de comportamiento. Una forma de entender al hombre que lo concibe como un ser libre para edificarse a sí mismo en base a su propio esfuerzo, y que se va ennobleciendo en la medida que asciende los peldaños insondables de la Sabiduría. Un arte de vivir que fue válido en el mundo antiguo, que podía generar un tiempo nuevo en la edad oscura que le tocó vivir, y que hoy, más de seiscientos años después de su muerte, tal vez siga siendo vigente... si lo redescubrimos. 

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