Poetas y amantes del Mediterráneo


Naty Sánchez, 1999

 

            Ese vivo mar azul, ese Mare Nostrum, ha sido, es y será una de las más bellas fuentes de inspiración para los artistas. El cielo profundo y cálido que lo envuelve, sus amaneceres y sus ocasos, sus islas de ensueño, sus aromas de sal, de viento y de nostalgia… han calado en los corazones de forma perenne. Músicos, poetas, aventureros, escritores y místicos han sucumbido bajo su hechizo; todos ellos cantaron su belleza en versos sublimes, en músicas serenas, en textos trascendentes, sirviendo de puente para que hoy nosotros nos deleitemos con el dulce latido de su magia profunda. Todas las zonas costeras de la franja mediterránea –Cataluña, Valencia, Denia, las islas Baleares, Sicilia, Cerdeña, las islas griegas, etc.- son hijas de estas aguas cálidas y de este sol radiante que nos convierte en criaturas privilegiadas.

 

            Rubén Darío fue uno de los grandes amantes del Mare Nostrum. Su naturaleza ardiente, inquieta y vitalista, comulgó plenamente con el aire mediterráneo. Su estancia en Mallorca le marcó profundamente y dejó como recuerdo algunos poemas que enternecen a todos los mallorquines:

 

“A veces me dirijo al mercado, que está

en la Plaza Mayor (Qué Coppée, no es verdá?),

me roza un núcleo crespo de muchedumbre

que vienen por la carne, la fruta y la legumbre.

Las mallorquinas usan una modesta falda,

pañuelo en la cabeza y la trenza a la espalda.

Esto las que yo he visto, por supuesto.

Y las que no lo lleven no se enojen por esto.

He visto unas payesas con negros corpiños,

con cuerpos de odaliscas y con ojos de niños;

y un velo que les cae por la espalda y el cuello,

dejando al aire libre lo obscuro del cabello.

Sobre la falda clara, un delantal vistoso.

Y saludan con un “bon dia tengui” gracioso…

 

¿Por qué mi vida errante no me trajo a estas sanas

costas antes que las prematuras canas

de alma y cabeza hicieran de mí la mezcolanza

formada de tristeza, de vida y esperanza?

¡Oh, qué buen mallorquín me sentiría ahora!

¡Oh, cómo gustaría sal de mal, miel de aurora,

al sentir como en un caracol en mi cráneo

el divino y eterno rumor mediterráneo!”

 

            Costa i Llobera dejó también en su obra la impronta de este mar viejo, frente al que los pinos se elevan como verdes columna hacia el cielo:

 

“Mon cor estima un arbre! Més vell que l’olivera,

més poderós que el roure,

més verd que el taronger,

conserva de ses fulles l’esterna primavera,

i lluita amb les ventades que atupen la ribera,

com un gengant, guerrer (…)

Quan lluny, damunt les ones, renaix la llum divina,

no canta per ses branques l’aucell que encantivam;

el crit sublim escolta de l’àguila marina,

o del voltor qui passa sent l’ala gegantina

remoure son fullam.

Del llim de aquesta terra sa vida no sustenta;

revincla per les roques sa poderosa rel,

té pluges i rosades i vents i llum ardenta,

i com un vell profeta, rep vida i s’alimenta

de les amors del cel.”

 

 

            Como toda tierra fecunda, las costas mediterráneas han dado a luz a un hombre característico. Joan Manuel Serrat, con su inmortal canción, le retrató vivamente: alegre, un tanto pendenciero, independiente, natural y amante de su tierra:

 

“Quizás porque mi niñez sigue jugando en tu playa

y escondido tras las cañas duerme mi primer amor,

llevo tu luz y tu olor por dondequiera que vaya,

y amontonado en tu arena guardo amor, juegos y penas

Yo que en la piel tengo el sabor amargo del llanto eterno

que han vertido en ti cien pueblos, de Algeciras a Estambul,

para que pintes de azul sus largas noches de invierno.

A fuerza de desventuras tu alma es profunda y oscura.

A tus atardeceres rojos se acostumbraron mis ojos

como el recodo al camino. Soy cantor, soy embustero,

me gusta el juego y el vino, tengo alma de marinero.

¡Qué le voy a hacer si yo… nací en el Mediterráneo!”

 

 

            Y aún hoy, jóvenes voces que habitan estas costas le cantan a solas, guiados por la inspiración de los que nos precedieron, aunque escuchen sólo unos pocos, o siquiera… aunque sólo lo escuche él, nuestro viejo mar. Así lo canta Daniel Capllonch:

 

“La mar Mediterrània

generosa ha inspirat

al poeta, al cantant, al que estima la vida,

enamorat estic de qui no puc abraçar…

ni robar dels seus llavis de sal

un petó d’amor,

perquè jo amb tu sempre he d’estar,

estimada meva,

pero aixó avui te donc… el meu cantar…”