Madonna Médici

Naty Sánchez Ortega es Licenciada en Historia y escritora. Está especializada en el pensamiento y el arte de las culturas antiguas, sobre los que imparte cursos y conferencias a nivel divulgativo para acercar estos temas al gran público.

La Madre sagrada, esculpida por la mano divina de Miguel Ángel, contempla en silencio el dolor del mundo. Bella y joven por su pureza interior, parece prisionera de un misterio incognoscible: la vida y la muerte, el bien y el mal, la verdad y la mentira, se han detenido en su mirada compasiva, dando nacimiento a un Amor imperecedero que más allá de su Niño abarca a todos los seres.



   La basílica de San Lorenzo es un pequeño cofre de tesoros espirituales y artísticos que dormitan entre el frío del mármol y la tenue caricia de la pietra serena. En un pequeño y sublime rincón llamado Sacristía Nueva, trabajó laborioso Miguel Ángel hace ahora cinco siglos. Mientras los poderosos batallaban con su sordo clamor en el exterior,  el "divino" escultor conversaba con seres más altos, más nobles, más puros. Había recibido el encargo de preparar una tumba digna a Lorenzo el Magnífico, el hombre que le había descubierto en el jardín de San Marco cuando esculpió aquel célebre fauno hoy perdido. Lorenzo se había burlado de la belleza de la estatua, siendo que los faunos tienen fama de ser criaturas feas y poco agraciadas. Miguel Ángel reaccionó con humildad a la crítica constructiva y pasó la noche reformando su obra. Tanto el gesto como la perfección del trabajo realizado llevaron a Lorenzo a la convicción de que había encontrado un nuevo Donatello, un nuevo genio escultor, y se hizo cargo de la educación del muchacho, que vivió a partir de entonces con la familia Médici hasta la trágica y prematura muerte de su benefactor. Por todo ello, cuando el Papa León X, hijo del Magnífico, le encargó su sepultura, Miguel Ángel abrazó el proyecto como algo muy personal, como una forma de retribuir aquel afecto y el regalo de una educación humanista que habría de marcar para siempre el carácter de su obra y de su personalidad. Sin embargo, una llamada exterior alcanzó aquella pacífica sacristía y Miguel Ángel, movido por diversas circunstancias, tuvo que regresar a Roma sin concluir el mausoleo. La Madonna Médici era sólo el comienzo. Hoy, los restos de su amigo y mecenas, descansan bajo su tutela. 

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Madonna Médici. Miguel Ángel. Ca. 1520. Sacristía Nueva de San Lorenzo, Florencia. Foto: Naty Sánchez Ortega

   Al entrar en la Sacristía Nueva sientes una gran paz. El diseño arquitectónico y las figuras de mármol te reciben silenciando su épica grandeza: un Lorenzo y un Juliano se sientan aristocráticos sobre sus féretros, pero no son los protagonistas del Cuatrocento. A un lado, con el aspecto de un general romano, Juliano II de Médici, duque de Nemours, hijo del Magnífico, se asoma más allá de la frontera de la muerte. En el lado opuesto, el famoso pensador es otro Lorenzo, duque de Urbino (1492-1519), nieto de aquel. A pesar de llevar la misma sangre, estuvieron lejos de alcanzar a su antecesor, ni como hombres ni como políticos. ¿Dónde se encuentra entonces la tumba de Lorenzo el Magnífico? La respuesta a esta pregunta conduce nuestra mirada hacia la Madonna Médici y a ella dirigimos nuestros pasos, ignorando de momento la gloria monumental que nos rodea. 

Madonna Médici. Miguel Ángel. Ca. 1520. Sacristía Nueva de San Lorenzo, Florencia. Fotos: Naty Sánchez Ortega

   La Madonna Médici parece contemplar el mundo desde su altura celeste. A la vez humana y divina, su compasión impregna el mármol con la suave caricia de un pensamiento triste. Es como si conociese todo nuestro dolor, toda nuestra tristeza, toda nuestra vanidad estéril y todos los fallidos intentos por mejorar. Testigo impertérrito de nuestras derrotas, la Madonna quizás se pregunta cuántas caídas necesitamos para descubrir lo divino en nosotros.

 

   Y sin embargo, no nos da por perdidos. A través del gesto con que sostiene a su hijo, con la fuerza protectora de su mano izquierda... nos abraza a todos, mientras con la derecha se sujeta a sí misma para servirnos de ancla. Hasta el último de los mortales tiene cabida en su corazón inmenso y a todos alcanza el amor transformador de la Madre divina. Miguel Ángel, hechizado por la Dama del Cielo, quizás se elevó hasta aquellas alturas inefables -como un nuevo Fidias- y contempló su rostro frente a frente imitando a Dante en el Paraíso. Son almas escogidas para vislumbrar lo ignoto, lo arcano, el misterio infinito.

 

   Aunque tenga su explicación histórica, es bonito creer que el hecho de ser una obra inacabada es un mensaje adicional, un recordatorio de que ella está en la cumbre y nuestro ascenso continúa más allá del cincel, más allá del mármol, hacia el Ser que representa. 



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