Homenaje a Sandro Botticelli


Naty Sánchez Ortega es Licenciada en Historia y escritora. Está especializada en el pensamiento y el arte de las culturas antiguas, sobre los que imparte cursos y conferencias a nivel divulgativo para acercar estos temas al gran público.

Sandro Botticelli partió hacia la eternidad el 17 de mayo de 1510. Dejó tras de sí la estela de un arte que iluminaría la nueva Europa gracias a su talento y el de sus compatriotas florentinos.  Fue parte de un capítulo brillante de nuestra historia y nos brindó una poesía pictórica que nadie ha podido igualar. Hoy le rindo homenaje desde estas líneas virtuales, una poeta que le canta a un pintor.



   Hay obras de arte que te cuentan historias; otras, inmortalizan a personajes distinguidos; existen cuadros para evocar hazañas épicas y creencias religiosas, para explicar la realidad e incluso para fantasear sobre lo que no existe. Y unos pocos, algunos cuadros privilegiados, son la expresión material de un lenguaje simbólico que nos conecta con la esencia del Ser. Si ha caminado sobre la tierra un pintor capaz de tan alta empresa, ese fue sin duda Sandro Botticelli. Con su pincel dio forma, color, luz y vitalidad a imágenes eternas, a personajes de lo infinito, y, ante todo, a la Señora de la Belleza. Con él podemos todavía sumergirnos en la danza de las Gracias y preguntarnos qué aporta lo Bello a nuestra existencia.


   Es tentador, pero no deseo redactar un post biográfico, aunque prometo hacerlo algún día. Prefiero tratar de dibujar con mis torpes palabras los ambientes humanistas que despertaron la evocadora imaginación de Botticelli en aquella gloriosa Florencia de Lorenzo de Médicis. En torno al genial político y mecenas, un círculo de mentes elevadas y manos prodigiosas tejieron el milagro del Renacimiento. Los primeros rescataron la dignidad humana y forjaron los cimientos del Humanismo, todavía hoy imprescindible en la reflexión sobre lo que somos. Sí, tal vez más que nunca, el legado humanista deba ser reivindicado y actualizado: la confianza en la bondad y la grandeza del ser humano, la convicción de que estamos dotados para lo elevado, para lo noble. Los segundos bebieron de este cáliz filosófico y plasmaron en escultura, pintura y arquitectura estas voces, aportando además su propia visión, su personalidad y su interpretación genuina. 

   Botticelli navegó a veces en las aguas de la mitología y a veces en las del culto mariano, narrando sus paisajes interiores con suaves notas de melancolía, quizás esa melancolía que despierta en nosotros lo que Platón llamaba "reminiscencias", el vago recuerdo que tiene el alma de su origen celeste. Movido por estos pensamientos, recogidos en el pincel de su sensibilidad y en la delicada mirada estética de su talento,  trazó perfiles armoniosos y personajes casi oníricos que nos invitan a descifrar el secreto oculto en su mirada.

 

   Las mujeres de Botticelli -siempre bajo sospecha de ser Simonetta- son el último ejemplo de los ideales de los Fieles de Eros: esa forma de mirar a lo femenino como madre del mundo y como esencia de vida, que encontramos por igual en la Madonna sagrada, en la Venus Urania y en la Verdad que clama al cielo, así como en las Gracias y en las ninfas.

 

   Ellas son también la encarnación de las heroínas, las señoras de la integridad moral, el bastión de la fortaleza, desde Judith a Virginia, pasando por Simonetta, Lucrecia Tornabuoni o Giovana degli Albizzi. ¿Acaso no se resumen todas ellas en la imagen de la Fortaleza que custodian los Uffizi? Es el poder de lo femenino, la fuerza del corazón del mundo, a los que Botticelli cantó usando, por igual, los tonos de la Antigüedad y los de la Cristiandad.


   Botticelli honró también a nuestro Platón, aquel pensador ateniense que nos explicó, como nadie, el alcance de nuestra Inteligencia si la desarrollamos en todo su esplendor. El pintor narró en su obra Atenea y el Centauro la clave de nuestra dualidad humana, la que nos impulsa a lo material, la que nos bestializa y convoca la energía de la violencia y el caos, frente a la mente que nos dignifica, que nos eleva a la comprensión de la Naturaleza, que nos instruye en la ciencia y en las artes, que nos transporta, con la imaginación, al mundo de las Ideas. 

   Y casi como un canto de cisne inacabado, Botticelli aspiró a inmortalizar el mensaje de Dante y su Comedia. Es una obra inconclusa que, incluso contemplada en bocetos, nos anima a la lectura de esta obra maestra que cerró la Edad Media y abrió el Renacimiento. Un trabajo de ilustración que nos permite acompañar a nuestro pintor en sus horas de lectura, con la suave luz de una lámpara, mientras sus ojos atraviesan las honduras del Infierno y los etéreos rincones del Paraíso. Allí debe encontrarse ahora, entre los grandes, entre las almas que sólo mueren para nacer en los libros de Historia, para vivir en nuestra Memoria, para perdurar en el Arte. Gracias, Botticelli.



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