Séneca, vida de un filósofo y político romano


Naty Sánchez Ortega es Licenciada en Historia y escritora. Está especializada en el pensamiento y el arte de las culturas antiguas, sobre los que imparte cursos y conferencias a nivel divulgativo para acercar estos temas al gran público.

Córdoba, 4 d.C. – Roma, 65 d.C.

Hoy rindo homenaje a uno de los más grandes filósofos de la Roma antigua, un segundo Sócrates, que, como aquel, tuvo que entregar su propia vida para no claudicar de sus convicciones. Víctima de la locura de Nerón, Séneca pasó a la historia como un ejemplo moral.



   Recién iniciada nuestra era, en el año 4, vino al mundo Lucio Anneo Séneca, en la ciudad de Córdoba (Hispania). Su padre fue un célebre retórico, Marco Anneo Séneca, autor de dos obras sobre distintos temas tituladas Las Controversias y Las Suasorias. Su madre, Helvia, fue una mujer calificada de “extraordinaria”, dotada de la grave y severa dignidad de las antiguas matronas romanas. Séneca tuvo dos hermanos: Novato, mayor que él, y Mela, menor. Ambos se dedicaron a la vida política y fueron víctimas también de la locura de Nerón.

 

   Su padre había sido desde siempre un gran amante de la cultura y, pensando en ofrecer a sus hijos la mejor educación y las mayores posibilidades de desarrollar su carrera, se trasladó con toda la familia a Roma en el año 8 d.C. El ambiente que encontrarían en la “gran ciudad”, tan diferente al que habían frecuentado hasta entonces, obligó a la familia a realizar un gran esfuerzo por no abandonarse a las extravagancias y excentricidades que se daban en la sede imperial. A ello colaboró notablemente Helvia, procurando alejar a sus hijos de los malos ambientes, y Marco, proporcionándoles los mejores maestros en las distintas disciplinas.

Séneca; busto; escultura; filósofo; estoico; estoicismo; Academia Idearte;
Busto llamado Pseudo-Séneca, ya que se ha atribuido también a otros personajes del mundo antiguo. Museo Nacional, Roma. Foto: Naty Sánchez Ortega.

“La filosofía fue para Séneca una verdadera revelación. Como quien cae al fin en el elemento que le es indispensable, se dio a ella tan ávida, completa y enteramente, que casi a un tiempo hizo suyas todas las doctrinas en auge” J. Bergua




Su encuentro con esta noble dama, instructora del Alma humana, fue, como se suele decir, un flechazo.


    Siguiendo las antiguas costumbres, Séneca recibió su primera educación en casa con un preceptor. De los doce a los dieciséis años estuvo en manos del grammaticus, quien se ocupó de instruirle sobre el arte del estilo en la escritura, los primeros conceptos sobre elocuencia y todos los secretos y matices de las lenguas griega y romana. En este ciclo secundario bebió de las grandes fuentes clásicas, fundamento de toda formación en la Antigüedad: Homero, Hesíodo, Esquilo, Sófocles, Eurípides... por la parte griega, y Virgilio, Horacio, Cicerón, Tito Livio, etc. por la parte latina. Con todo este bagaje cultural pasó al tercer ciclo educativo que dirigía la figura del retor. Se supone que para tal materia su propio padre dispuso el estudio de Séneca, pero lo cierto es que va a ser en este momento de su vida donde se produzca el encuentro con el que habría de ser su gran amor: la Filosofía. Para él, la retórica instruía sobre el arte de la declamación, pero a veces podía caer un tanto en la superficialidad, al pretender ostentar gran habilidad con las palabras en ausencia de profundos razonamientos y reflexiones. Su encuentro con esta noble dama, instructora del Alma humana, fue, como se suele decir, un flechazo. Al decir de su biógrafo J. Bergua: “La filosofía fue para Séneca una verdadera revelación. Como quien cae al fin en el elemento que le es indispensable, se dio a ella tan ávida, completa y enteramente, que casi a un tiempo hizo suyas todas las doctrinas en auge”.


    El joven filósofo contaba entonces unos 18 años, e inició por cuenta propia una larga búsqueda en las numerosas escuelas y maestros que difundían sus enseñanzas en Roma. Según su propio testimonio, entró en contacto más directo y estrecho con cuatro corrientes en especial: el estoicismo, que conoció a través de Atalo; el pitagorismo, guiado por la mano de Soción; el eclecticismo, bajo la dirección de Fabiano y, finalmente, de forma tal vez menos intensa, el cinismo, en la escuela de Demetrio. Así, se entregó a la filosofía con toda su alma. Asistía a las lecciones de los filósofos, paseaba en su compañía disertando sobre los misterios del Alma humana, practicaba las máximas con el mayor entusiasmo... toda la obra de Séneca está plagada de referencias a aquella feliz época de su vida donde fue iniciado al sendero de la Sabiduría, una Sabiduría en la que profundizó, con la que se comprometió y que llevó a la práctica a lo largo de toda su vida, y aún a las puertas de su muerte. Por todos sus maestros mostró siempre agradecimiento y sincero aprecio, pues los consideraba dignos de dirigir los estados, no ya en calidad de consejeros, sino inclusive de reyes, estando totalmente convencido, como el propio Platón, de que sólo mediante un gobierno dirigido por filósofos podía el ser humano reencontrarse consigo mismo y edificar una vida sobre los pilares de la dignidad, la solidaridad, la libertad y el respeto a los Dioses.  Si bien jamás menospreció ninguna de las citadas corrientes y supo encontrar en ellas una misma esencia trascendente, ya desde muy joven fue consciente de que los preceptos del estoicismo eran los más adecuados para el momento histórico que vivía, pues como se ha citado ya, el exceso de riqueza y poder había inclinado la balanza hacia una vida muelle y relajada, que fomentaba el vicio y la corrupción. Fue así que Séneca se embebió de los sólidos preceptos estoicos, los analizó por separado y en conjunto, midió sus beneficios, vislumbró sus horizontes, y comenzó a renacer a una nueva vida cuya estrella era la virtud. Llevó el rigor a sus hábitos cotidianos, comenzando por la comida y el vestir, desprendiéndose de cuanto le era superfluo e innecesario. Tanto se transmutó que su padre, si bien hombre noble y culto, más amigo de la retórica que de la filosofía, comenzó a oponerse a su afán bajo el pretexto de su precaria salud (desde niño había tenido graves problemas físicos) y de considerar su conducta como una “extravagancia” más.

Marte; templo; foro; Augusto; Roma; Séneca;
Debido a lo mucho que cambió Roma tras la muerte de Séneca, resulta difícil aislar los paisajes urbanos que él contempló en su época. El templo de Marte alzado en el foro de Augusto es una buena opción. Foto: Naty Sánchez Ortega
Roma; busto; escultura; Coliseo;
Bustos romanos que nos permiten imaginar los rostros de aquellos filósofos frecuentados por Séneca en su juventud. Foto: Naty Sánchez Ortega.

Así, se entregó a la filosofía con toda su alma. Asistía a las lecciones de los filósofos, paseaba en su compañía disertando sobre los misterios del Alma humana, practicaba las máximas con el mayor entusiasmo...



   Lo cierto es que la salud de Séneca empeoró y se vio obligado a ir en busca de climas más adecuados. Tras un tiempo en Campania y Pompeya se desplazó hasta Egipto, donde se recuperó totalmente gracias a la inigualable naturaleza del país y a los cuidados de su tía, en cuya casa vivió durante un año mientras su tío ejercía el cargo de gobernador de la provincia. Allí escribió sus primeras obras, dedicadas al país de Kem y por desgracia perdidas: De situ et sacris aegiptorum y De situ Indice.

Séneca; filosofía; estoicismo; estoico; Roma; Academia Idearte;

   Contaba 31 años cuando regresó a Roma, totalmente recuperado, e inició su carrera política, siguiendo el tradicional sistema de ir ocupando una serie de cargos de menor a mayor importancia. Inició también la profesión de la abogacía, en la que sobresalió con brillantez, así como la literaria, en la que destacaba por su elocuencia y por sus principios filosóficos y morales.

   La vida de Séneca transcurrió bajo el reinado de cinco emperadores: Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón. Su infancia fue amparada por el primero, Augusto, pero éste murió contando el filósofo apenas diez años. Su juventud, madurez y vejez, transcurrieron en el ámbito de los otros cuatro, que a la sazón fue una de las peores y más turbias épocas por las que atravesó el Imperio Romano. Desaparecida la brillante estrella de Augusto, muertos los primeros sucesores elegidos por él, accedió al trono Tiberio, quien pasaría a la historia por su despotismo y crueldad, aunque historiadores modernos creen que ha sido víctima, en parte, de una leyenda negra. Gran alegría sobrevino en Roma cuando Calígula fue coronado; en todos reinaba la esperanza de un retorno a las viejas virtudes romanas y la renovación del Senado en su auténtica labor como órgano de gobierno. Y así fue durante los primeros meses, hasta que Calígula cayó en una enfermedad de la que logró sanar físicamente, pero que le dejó marcado mentalmente con el sello de la locura. Según coinciden todos los autores, fue la envidia lo que indispuso al emperador contra Séneca, que ya había alcanzado una notable relevancia en la vida pública. Quiso ejecutarlo, pero siendo informado de sus problemas de salud, le convencieron de que lo dejara vivir para que muriese poco a poco. Así fue cómo su débil constitución salvó la vida del filósofo. A partir de este momento se retiró prudentemente de la vida pública, para dedicarse al ejercicio de la filosofía entre sus más allegados y los más refinados círculos de la aristocracia romana, totalmente contrarias a las locuras de su tiempo.

Calígula; Museo del Louvre; Roma; emperador romano;
Busto del emperador Calígula conservado en el Museo del Louvre, París. Para ver los créditos originales de la foto puede hacer click sobre ella.

   Cuando Roma se vio librada por fin de Calígula, Claudio fue nombrado emperador, aunque fue poco querido por su “escasez de luces”. En esta ocasión no fue de Claudio de quien Séneca tuvo que algo que temer, sino de Mesalina, su pérfida esposa, quien le acusó falsamente de haber cometido adulterio con la hermana de Calígula, Julia. Sin embargo, el emperador Claudio, en un momento de lucidez y muy consciente de las maldades de Mesalina, conmutó la pena de muerte por la de destierro. Séneca embarcó hacia Córcega el 41 d.C., contando 37 años. Su enorme cárcel en medio del Mediterráneo supo de sus pensamientos durante ocho largos años de soledad, lejos de sus seres queridos, de la vida cultural, de las charlas filosóficas... según él mismo nos cuenta, ni siquiera podía hablar un latín digno con aquellos campesinos huraños. Hoy existe en Córcega un torre conocida como la “Torre de Séneca”, situada en el emplazamiento donde escribió algunas de sus mejores obras mientras pagaba la pena de haber luchado por la rectitud moral de los gobernantes y por el buen destino de Roma: De la constancia del sabioConsolación a Helvia y Consolación a Polibio, al que apeló en vano un último intento por retornar a Roma.

   Estos acontecimientos biográficos le reafirmaron en sus creencias sobre la necesidad de enseñar la virtud y la filosofía, como único freno para la decadencia a la que se abocaba el Estado. Por eso podemos imaginarnos su alegría cuando fue llamado de regreso a Roma por la nueva esposa de Claudio, Agripina, nada menos que para ejercer como preceptor del príncipe Nerón. Así comienza la última y también más dura etapa de la vida de Séneca, que no llegó a ser en ningún modo como él había soñado, ni para sí mismo, ni para Roma. Agripina demostró no ser mejor que Mesalina en sus ambiciones y crueldad, y llevó a Claudio a la muerte para hacerse con el poder. Logró que su hijo fuera nombrado imperator y comenzó a tejer una espesa red de partidarios para centrar en ella el dominio del imperio. Pero un hombre de la talla de Séneca no podía doblegarse ante estos hechos y ejerció su influencia sobre el príncipe para conducirlo a lo que consideraba el verdadero espíritu del ejercicio del gobierno: “Más que hombre alguno, un príncipe debe ser misericordioso. Su poder únicamente es honroso si lo ejerce para hacer la felicidad de los demás... Tan sólo aquel que de este modo obra, posee verdadera y sólida grandeza, grandeza perdurable; es reconocido como verdadero defensor y señor, ya que su vigilancia, siempre alerta, se erige, día tras día, en salvaguardia de cada uno y de todos”. Con estas palabras animó al joven de 17 años a asumir la responsabilidad que el destino había puesto en sus manos. Elaboró un discurso para el Senado que Nerón leyó, en el que prometía otorgar a la institución sus verdaderas funciones, se reservaba las suyas a los dominios establecidos por Augusto en su testamento (que ninguno de los anteriores había cumplido) e invitaba de forma clara y contundente a su madre a retirar su mano del Estado.

   Agripina se encolerizó y optó por oponerse al hijo que había coronando, proclamando su usurpación y los derechos del verdadero heredero, Germánico, al que ella misma había reducido en sus primeros planes. Sin embargo, nadie contaba con lo que sucedió: Nerón despertó a ese ser temible que llevaba dentro e hizo envenenar al joven de 14 años. Luego aisló a su madre, retirándola de toda forma de vida pública y concluyó haciendo entrar en escena a la última pieza clave en esta suerte de locura en la que Roma estaba sumida: Sabina Popea, su esposa. Las intrigas de ésta y la ya inevitable locura de Nerón se desataron con el asesinato de su madre, Agripina. Lo que vino después sólo puede asemejarse al daño que deja tras de sí un caballo enfurecido y desquiciado que se debate en estampida. Séneca se sintió desfallecer, durante ocho años intentó remediar los efectos de su primera mala educación, de los malos ejemplos recibidos en la corte, de las funestas influencias de sus malas compañías, pero todo fue en vano. Si bien en los primeros años de su gobierno dejó actuar a su maestro en la dirección del Estado, desatada la locura éste pasó a ser un objetivo más entre sus víctimas, tanto más cuanto nunca se vendió a sus maldades y persistió siempre en hacerle retornar al sendero de la virtud y de la justicia. Emperadores posteriores de más alta talla moral como Trajano y el mismo San Pablo en su epístola a los romanos, definen a Séneca como modelo de gobernante y ejemplo a seguir por los que aspiran a tal cargo. Según ellos, los apenas cinco años en que su influencia tuvo efecto, fueron de gran felicidad para Roma.

Nerón; Séneca; Roma; emperador; filósofo; historia antigua;
Nerón y Séneca. Eduardo Barrón González, 1904. Museo de Zamora.

Ocho años después de ser coronado Nerón se había convertido en un déspota siniestro, asesinando a cuantos le molestaban, diezmando el Senado y fomentando un comportamiento degradante en toda la corte. Roma vivía sumida en el terror.



Nerón; Roma; emperador; Historia antigua; Séneca;
Nerón.

   La barbarie que vino a continuación, nadie pudo evitarla; ocho años después de ser coronado Nerón se había convertido en un déspota siniestro, asesinando a cuantos le molestaban, diezmando el Senado y fomentando un comportamiento degradante en toda la corte. Roma vivía sumida en el terror. Lo único que le quedaba a Séneca, tras catorce años de intentar enderezar un rama torcida, era retirarse y continuar su labor filosófica, a la espera de nuevos y mejores tiempos; pero Nerón no le permitió retirarse oficialmente ni aceptó las riquezas que el filósofo deseaba devolverle, desposeyéndose a sí mismo de todo cargo y fortuna. Séneca se vio obligado a permanecer en la corte, aunque redujo sus costumbres a la máxima sencillez, se ausentó de los banquetes y sólo admitió en su casa a un corto número de amigos muy allegados. Apenas salía, y si lo hacía eran sin escolta ni pompa, y dedicaba sus horas a consignar por escrito la excelsa filosofía a la que había honrado con su vida y su ejemplo. Sobrevino entonces la conjuración de Pisón, por desgracia fallida, para liberar a Roma del terror, mas un hado infeliz hizo que fuera descubierta y entre los acusados sobresalió el nombre del viejo maestro. Incapaz de mandar su ejecución, Nerón envió un mensajero ordenando a Séneca que se desposeyera él mismo de su vida.



“¿En qué consiste la verdadera grandeza? En cerrar tu alma a los pensamientos criminales; en elevar al cielo las manos puras, en no demandar nunca más bienes que los que se puedan obtener sin que un tercero los dé o los pierda; en no desear lo que se desea sin rival, quiero decir un alma virtuosa; en contemplar los otros bienes, tan estimados por los mortales, cuando la misma suerte nos los procurase, como destinados a marcharse por donde vinieron. ¿En qué consiste la verdadera grandeza? En elevarse valientemente por encima de la suerte; en no olvidar nunca que uno mismo es un hombre, con el fin de saber, cuando sea dichoso, que no lo será mucho tiempo, y, cuando sea desgraciado, que no lo será más que cuando se crea no serlo.” (Séneca, De la Ira)


Muerte de Séneca; Roma; historia antigua; filosofía;
El suicidio de Séneca, por Manuel Domínguez Sánchez (1871).

   Llegado a tal punto, Séneca anhelaba salir al encuentro de esa otra vida en la que tan firmemente creía, pues no deseaba pasar a la historia como la víctima de algún ponzoñoso veneno o de una ejecución deshonrosa. Prefirió morir siguiendo el ejemplo de aquel divino Sócrates, que tanto dio al mundo con su muerte ejemplar. Dispuso su testamento e instó a su mujer a ser feliz, pero para su sorpresa ésta quiso acompañarle en tan dulce viaje, no deseando quedar sola, privada de su presencia y su enseñanza, en medio de tan horrible maldad: “Yo te había mostrado los consuelos que había menester para entretener la vida, mas veo que tú escoges la gloria de la muerte – le dice su esposo-. No pienso mostrar que te tengo envidia al ejemplo que has de dar de ti, ni estorbarte esa honra. Sea igual entre nosotros la constancia  de nuestro generoso fin; aunque es cierto que el tuyo resplandecerá con mayor excelencia”.  Por desgracia, Nerón sí la desposeyó de acompañar a su marido y fue curada por los soldados, mientras Séneca exhalaba su último aliento bebiendo la cicuta que matara a Sócrates: “Este licor consagro a Júpiter Librador”.

Séneca; filósofo; filosofía; Roma; estoicismo; estoico; Academia Idearte;


OBRA DE SÉNECA

 Filosóficas

De la constancia del sabio

De la providencia

De la brevedad de la vida

De la vida contemplativa

Consolación a Helvia

De la tranquilidad de ánimo

Epístolas morales a Lucilio

De los beneficios

De la clemencia

De la constancia

De la ira

Del ocio

De la felicidad

 

Tragedias

La furia de Hércules

Hércules en el Eta

Agamenón

iestes

Fedra

Medea

Edipo

Octavia

 Obras científicas

Cuestiones naturales (7 libros)
De situ et sacris aegiptorum (perdida)
De situ Indice (perdida)

 

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Comentarios: 1
  • #1

    Laura (sábado, 27 abril 2019 16:31)

    Me ha sorprendido mucho la vida que tuvo este hombre, sin duda tuvo que hacer gala de mucho temple para soportar tantos vaivenes del destino, con semejantes personajes alrededor. Gracias por compartir.

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