LOS FEDELI D'AMORE

La epopeya mística de los Fieles de Amor


Naty Sánchez

Florencia es una hermosa urbe italiana que el río Arno acaricia desde hace veintiún siglos, cuando Julio César instalara allí a sus veteranos. Ungida como una de las ciudades más bellas del mundo, ha sido el escenario donde representaron su papel vital personajes inolvidables del devenir europeo, casi diría universal. Y matizo lo de “inolvidables” pues sería muy triste nuestra condición si aceptásemos relegar sus nombres a esa segunda muerte que es el olvido.

            Los Fedeli d’Amore conforman uno de esos grupos enigmáticos y esquivos al historiador que tanto abundaron en la Europa medieval y renacentista. Su existencia como entidad es un hecho, aunque la mayoría de noticias que conservamos nos obligan a caminar por un frágil puente de hipótesis. El autor que con más rigor se ha ocupado del asunto es Luigi Vaggi en su obra Il linguaggio segreto di Dante e dei "Fedeli d'Amore" (1928), que aún se mantiene como punto de referencia. Otros muchos han fantaseado más de la cuenta, alejándose a menudo de la realidad. Por estos motivos trataremos de pintar, con el verbo poético que ellos amaban, una reconstrucción lo más fidedigna posible, excusándonos de antemano por lo que ya nunca será factible averiguar.

            El epígrafe que les definía se traduce en castellano como Fieles de Amor, y la omisión del artículo y la imposición de mayúscula no son arbitrarias. Se consideraban seguidores de Eros, antigua divinidad griega del Amor, y en todos sus poemas lo personifican como una entidad con inteligencia y voluntad propia, con potestad para regir e inspirar sus actos, sentimientos y pensamientos. No se trata estricto sensu de un amor romántico, sino de la utilización del simbolismo que éste ofrece para transmitir un pensamiento filosófico y místico, además de mensajes en clave. Aunque no conocemos a todos sus miembros, las personalidades más emblemáticas del grupo fueron, entre los poetas, Guido Cavalcanti, Dante Alighieri, Giovanni Boccaccio y Giovanni Cavalcanti, y entre los filósofos Marsilio Ficino.

            De forma muy somera diremos que se trata de un grupo de individuos vinculados como sociedad secreta que nace en Florencia (o allí tiene su núcleo principal) en el siglo XIII y perdura como mínimo hasta la muerte de Ficino en 1499. La mayoría se expresaron a través de una poesía místico-amorosa que se denominará Dolce stil nuovo y que marcará las pautas de la literatura incluso hasta nuestros días. Sin embargo, lo que autores ortodoxos han querido reducir al ámbito de la lírica se redescubre en el siglo XX como un movimiento ideológico, político y cultural de grandes dimensiones.

            Sus orígenes pecan de nebulosos, no insistiremos en ello lo suficiente. La poesía de los Fieles de Amor no cuadra con la vida cortesana medieval, sino con la revolución mística de movimientos como los Cátaros, los Templarios y los franciscanos, pero siempre desde un contexto laico de la búsqueda de la Sabiduría. Sin que sean lícitas afirmaciones categóricas, parece que el grupo surge como una línea civil impulsada por los Templarios, teoría defendida por Vaggi con una lista de pruebas que no vamos a enumerar. Sí destacaremos, no obstante, algunas de las que se relacionan con Dante Alighieri. El florentino fue contemporáneo de la persecución y fatal destrucción de la Orden, y criticó abiertamente al rey Felipe el Hermoso de Francia y al Papado corrupto que consintió el ultraje. Además, entre 1308 y 1310, justo cuando se celebraron las brutales ejecuciones de los caballeros en la hoguera, se desplazó a París, núcleo del drama, aunque no es posible seguir sus pasos allí. Por último, no deja de ser impactante que el célebre escritor eligiese tres maestros distintos para el recorrido de su obra magna: Virgilio, que le guía a través del Infierno y el Purgatorio; Beatriz, que le recoge en las puertas del Paraíso, y, en la última fase del viaje, San Bernardo de Claraval, impulsor principal del culto mariano en la Edad Media y co-fundador de los Templarios…

Un dato anecdótico es el uso frecuente en las obras dantescas del nueve (y su relación con el tres) por su relevancia en contextos templarios, sobre todo si recordamos que en alquimia tal cifra es la clave de la síntesis final de un ciclo y el comienzo de otro. Los fundadores de la Orden del Temple fueron nueve individuos y tardaron nueve años en constituirla (1118-1127); durante toda su historia, exigieron un periodo de nueve años a los aspirantes antes de su investidura definitiva. Dante tenía nueve años cuando conoció a Beatriz; nueve años después la vio por la calle y su muerte aconteció el noveno día del noveno mes del año según los calendarios orientales; dedicó el capítulo XXIX completo de la Vida Nueva a este dígito y a su relación con la Dama... Concluyendo, este número de honda resonancia oriental penetró en el pensamiento dantesco gracias a su contacto directo con los templarios, contacto del que sí hay huella histórica y literaria.

            Pasemos ahora a conocer un poco mejor a los Fieles de Amor. La primera característica que conviene resaltar es el voto de secreto de sus miembros, con independencia del grado que hubiesen alcanzado. Tal exigencia no era una cuestión elitista, pues respondía ante todo a la capacidad de supervivencia en un ambiente de ortodoxia religiosa cuya trasgresión se pagaba con la vida. Así las cosas, al misterio natural de una sociedad secreta se añadía la prudencia; no en vano casi todos ellos fueron sospechosos de herejía. Esto se va a entrelazar de modo armonioso con el uso de la poesía en su más puro espíritu metafórico; es decir, hablar con tropos no será sólo una cuestión estética, sino un método de comunicación, ya sea entre los miembros de la corporación, ya sea entre el poeta y su público. De la mayor o menor instrucción de éste último dependerá su grado de entendimiento. En el mismo ámbito, Vaggi ha demostrado los estrechos vínculos entre los Fieles de Amor y los alquimistas, cuyo verbo hermético renacía en ellos con afán lírico y dirigido a un auditorio más amplio o, si se quiere, menos especializado.

            Veamos los tres símbolos esenciales de nuestros paladines:

•        La mujer gentil: representa la filosofía como camino para la adquisición de un saber trascendente, que supera la mera erudición una vez alcanzado.

•        La mujer glorificada (Beatriz, Laura): es la inteligencia celeste, la capacidad de la mente humana de elevarse a las regiones más altas de la conciencia, por eso Dante la presenta como guía en el Paraíso. Ficino la llamará “mente angélica” y la asociará con la sabiduría divina.

•        La rosa: simboliza la conquista de esa Sabiduría espiritual, la verdad oculta tras el velo de las apariencias de un mundo cambiante que muere a cada segundo. Su aparición en la literatura místico-filosófica se remonta al menos a los llamados Misterios egipcios de Isis del Alto Imperio, tal y como quedó reflejado en la obra El Asno de Oro, de Apuleyo, autor romano neoplatónico del siglo II d.C. En otro aspecto, la rosa alude a un conocimiento conservado en secreto al que su portador ha sido iniciado por méritos propios; su posesión equivalía a un rango o nivel alcanzado entre los Fedeli d’Amore. En su clave romántica, el hecho de que un enamorado entregue una rosa quiere decir: “tu misterio me ha conquistado”.

 

Hemos dicho que estos seguidores del dios Amor se destacaron como grandes poetas, impulsores de un nuevo estilo. Como los distintos autores discrepan sobre quién fue el fundador del Dolce Stil Nuovo nos limitaremos a caracterizarlo. Nada más surgir recoge lo mejor de su pasado inmediato: de los trovadores el amor cortés, pero dejando a un lado la música instrumental y la improvisación oral. De la pujante orden franciscana su amor por la naturaleza y el deseo de concordia entre los hombres. De la escuela de poesía siciliana tomarán prestado el soneto (glorificado por la literatura universal a partir de ellos hasta nuestro presente) y el uso de la lengua vulgar en vez del latín.

Sin embargo, las diferencias con tales predecesores son muy importantes, entre ellas su contenido: “El nuevo poeta escribe con intención, para difundir la verdad y divulgar los fenómenos más recónditos del espíritu y de la naturaleza. Hay una intención científica, pero también una intención artística: la de adornar y embellecer” (EVA RUIZ, 2007). No menos substancial es el papel que va a jugar la inspiración en el ideario del poeta, pues la métrica había quedado excesivamente ceñida a fórmulas preconcebidas. A partir de ahora, sin perder de vista la técnica, la inspiración bañará el poder creador del genio, otorgando a sus obras un valor que trasciende lo racional al impregnarse de puro sentimiento: “Yo soy uno que escribo cuando Amor me inspira, y de ese modo voy expresando lo que él me dicta dentro” (Dante Alighieri). Desde entonces, esta musa misteriosa ha sido la piedra filosofal más buscada por cualquiera que se llame artista, llegándose incluso al extremo de anular la tecné propia e imprescindible de la maestría.

Para concluir, el rasgo principal de esta tradición literaria: el protagonismo de Eros como divinidad activa, a cuyo servicio y en cuyas manos se pone el cantor de versos. Amor adopta en esta poesía un protagonismo absoluto, como soberano y legislador de sentimientos y pensamientos. Él es el corazón de la inspiración y el inspirador de los anhelos. De las rimas pasará pronto a los cuadros y esculturas y culminará en la obra filosófica de Ficino como una visión neoplatónica del dios más antiguo y poderoso del Cosmos.

El tiempo se nos agota y es hora de hablar de nuestros galanes. Mencionaremos en primer lugar a Guido Cavalcanti, que estaba al frente del grupo cuando Dante se unió a ellos en 1290, año en que alcanzó el primer grado. Sus contemporáneos le consideraron, a partes iguales, sabio y poeta. Para Alighieri, Cavalcanti fue “el primero de sus amigos” y le dedicó su Vida Nueva, mencionándole con frecuencia y siempre con respeto y admiración.

Por supuesto, la figura de Dante sobresale entre las demás por la altura a la que elevó su genio y por la trascendencia universal de su opus magna. Dado que le hemos dedicado ya algunas líneas no ahondaremos mucho más, salvo para señalar que a él se debe el nombre del estilo literario, al enunciarlo por primera vez en el canto XXIV del Purgatorio de la Divina Comedia.

Giovanni Boccaccio, el devoto discípulo de Petrarca, tomó las riendas del movimiento no sólo con su propia labor como escritor, de por sí notable, sino ante todo por el impulso y desarrollo  que ofreció al Stil Nuovo y al uso de la poesía en sí misma como vehículo del Humanismo, una nueva actitud filosófica que triunfó en Florencia y sacó a Europa occidental de la Edad Media. Este toscano de verbo amable restauró la figura de Dante (denostada por intrigas políticas), divulgó la Comedia (a la que añadió el epíteto de “divina”) y trabajó sin descanso por la difusión de los valores del mundo clásico a través de la literatura, que ampliará sus recursos y su auditorio, hasta convertirse en un proyecto educativo revolucionario.

Para acabar, Giovanni Cavalcanti (descendiente del primero) y Marsilio Ficino representan el triunfo de Eros en el pensamiento renacentista. En 1463, el director de la Academia Neoplatónica rediviva convoca a nueve comensales a un banquete (¡otra vez el nueve abriendo senderos de la historia!) para discurrir sobre la concepción platónica del amor. De sus disertaciones y del gentil talento literario de Giovanni y Marsilio nacerá el texto titulado De Amore, cuya influencia en el arte no ha cesado todavía, y cuya lectura es un deleite para la razón y para el corazón. De su pluma brotarán expresiones que aún resuenan en la jerga actual como “amor platónico”, sugiriendo en las artes plásticas obras como El nacimiento de Venus y la Primavera de Botticelli, por citar las más famosas. Asimismo, Ficino creará un binomio que perdura en feliz matrimonio: amor = magia, tema que merece, sin duda, capítulo aparte.

Por lo tanto, Marsilio Ficino fue el último de los Fieles de Eros y el que mejor supo impactar en la conciencia filosófica este alto sentido del Amor heredado de Platón. Casi todo el arte europeo del Renacimiento al siglo XIX se envolvió del perfume de su obra De Amore para generar un nuevo y romántico concepto del amor divino y humano que terminó filtrándose en el vocabulario mismo de los enamorados.

Con él se cierra una tradición de hombres valientes que pusieron su don para escribir al servicio de una Sabiduría denostada por la ignorancia y la barbarie. Con paciente prudencia supieron perseverar tras el hilo de Ariadna para conducirnos a la salida del laberinto, donde la luz del saber de la Antigüedad clásica anunció un tiempo nuevo: el nuestro. El relevo y la continuación de los logros del Renacimiento está en nuestras manos.


Bibliografía

ALIGHIERI, D. (2000). Vida Nueva. México D.F.: Universidad Nacional Autónoma de México.

BOCCACCIO, G. (2000). Breve tratado de alabanza de Dante. México D.F.: Universidad Nacional Autónoma de México.

EVA RUIZ, M. (2007). Guido Cavalcanti y el Dolce Stil Nuovo. Recuperado el 13 de julio de 2010, de http://www.revistaair.org: http://www.revistaair.org/cieleicwel3MirtaRuiz.htm

FICINO, M. (1986). De Amore. Comentario a "El Banquete" de Platón (2008, 3ª ed.). Madrid: Tecnos.

Platón. (1989). El Banquete. Madrid: Edaf.

VALLI, L. (1994). Il linguaggio segreto di Dante e dei "Fedeli d'Amore". Milán: Luni Editrice.